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El día de la madre y la teoría del apego

Categoría: Reflexiones

Escrito el día 04-mayo-2014 por Juan Toral

Hay festividades inventadas que no tienen mucha razón de ser, pero la del primer domingo de Mayo es uno de esas fiestas más que merecidas.

Tú me diste la vida, tú me mantuviste en ella en los primeros meses a través de la lactancia; tú desvelaste tus sueños para calmar mis llantos; tú me enseñastes los valores básicos de la vida. Tú fuiste pieza clave en mi infancia llena de felicidad y amor. Tú minimizaste mis fracasos, consolaste mis miedos y curastes mis heridas. Tú te alegras más que yo de mis conquistas, de mis éxitos; tú levantas los brazos cada vez que cruzo una meta.

Has sido, eres y serás un ejemplo a seguir más allá del precocinado que puede suponer estas confesiones en días como el de hoy. Una luchadora entregada en su papel de madre, esposa y abuela coraje. Gracias por elegirme como hijo, gracias por sentarte con nosotros cuando llegabas por la noche de trabajar de la lavandería y supervisabas los deberes que nos ponían en el colegio. Gracias por los arreglos de ropa, por ese plato siempre cocinado con la receta mágica del querer, por ese hotel de jornada de puertas abiertas que es nuestra casa, por esa hilera de túnicas que preparas sin aspavientos cada Semana de Santa.

Muchas veces me desespera tu amor tan entregado que parece asfixiar el estúpido anhelo de independencia con el que los hijos queremos (erroneamente) desmarcarnos de nuestros padres. Tú siempre sabes donde está el objeto perdido, tú siempre te anticipas a los hechos, siempre pareces ir por delante pese a que la edad no pase en balde y tu físico sea más de corredora de fondo que de explosivos esfuerzos.

Hace años Harlow ya empezó a vislumbrar las interconexiones invisibles pero eternas que existen entre madre e hij@, como queda reflejado en la Teoría del Apego.

El estudio con monos rhesus de este concepto le llevó a crear madres “sustitutas”, que eran unos muñecos construidos en dos versiones: uno era de alambres y tenía comida, y otro era de felpa pero carecía de alimentos. Harlow descubrió que las crías preferían la madre de felpa, incluso aunque ésta no pudiera proporcionarle alimento. Así, concluyó que el vínculo entre madres y crías iba mucho más allá del alimento; las crías necesitaban establecer contacto para desarrollarse psicológicamente. Cuando Harlow exponía a las crías a situaciones estresantes como un nuevo hábitat , éstas iban en busca de cobijo a las madres de felpa que les proporcionaba mayor protección. La sensación de seguridad que proporcionaban las madres de felpa hacía que las crías se sintieran capaces de explorar, acudiendo a su madre cada poco tiempo para garantizar que seguían ahí. En el momento en que Harlow separaba a las crías de las madres y las llevaba a nuevos contextos, comenzaban a mostrar síntomas de ansiedad: lloraban, gritaban, se chupaban el dedo y buscaban objetos suaves como su madre. Cuando las volvía a depositar en la jaula original en la que estaba la madre de felpa, las crías de mono se iban directos a ellas y permanecían inmóviles a su lado, reticentes de abandonarlas. Harlow estaba obsesionado con el estudio del apego, por lo que procedió a analizar las consecuencias de que éste no se llegara a establecer en monos rhessus. Para estudiar este fenómeno, recluía a los sujetos dentro de jaulas que estaban totalmente aisladas, denominadas “el abismo de la desesperación”. En estas celdas los animales no recibían ningún tipo de estimulación, ni sensorial ni social. Las jaulas estaban compuestas por una caja con comida, un bebedero y un espejo unidireccional desde el que poder observar las conductas de los sujetos, de modo que los monos nunca tenían contacto con el exterior. Se les enjaulaba al poco de nacer y permanecían en el interior de este dispositivo un tiempo variable: cuatro estuvieron 30 días, otros cuatro estuvieron 6 meses, y otros estuvieron un año entero.

Los resultados mostraron que tras 30 días de aislamiento total, los sujetos mostraban claras alteraciones comportamentales (nerviosismo, confusión); y tras un año de aislamiento, presentaban cierta catatonía, permaneciendo inmóviles en una esquina de la jaulas. Cuando se les juntaba con el grupo control, estos monos no mostraban conductas exploraratorias, eran agredidos por sus compañeros, y no mostraban interés en el sexo opuesto, inhibiendo las conductas reproductivas. Dos de los sujetos experimentales rehusaron la ingesta de cualquier tipo de alimento, llegando a morir de hambre.

Cuando comprobó que el aislamiento afectaba a la conducta social, Harlow decidió analizar si estos efectos se podrían encontrar en la interacción madre-cría. Para ello aisló a una serie de hembras, pero todavía tenía que conseguir que quedaran embarazadas… y de aquellas la reproducción artificial no era una disciplina especialmente desarrollada. Para solventar esta problemática, nuestro protagonista se inventó un sistema llamado “el potro de las violaciones” (vemos que Harlow no se andaba con rodeos), que consistía en una mesa con correas en las que podía atar a las hembras en posición de lordosis, de modo que facilitaba que los machos pudieran fecundarlas, sin que existiera ninguna interacción social.

Estos experimentos mostraron que la necesidad de contacto y protección es instintiva en las crías, siendo esta sensación de afecto y seguridad más importante para las crías que el propio alimento. Además, mostró los efectos del aislamiento, total o parcial, sobre el desarrollo cognitivo-emocional de los monos, destacando que ninguno de los sujetos experimentales mostró diferencias en el afrontamiento de esta situación de aislamiento. Los monos más activos y extravertidos sufrían las mismas consecuencias que otros, concluyendo que las características de personalidad de los sujetos no suponían un factor de protección para los efectos de la depresión (aislamiento, soledad). 

Feliz día de la madre, mamá

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