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La cárcel de Stanford y los políticos ante la crisis

Categoría: Curiosidades

Escrito el día 07-marzo-2015 por Juan Toral

El bien y el mal se separa por una delgada línea roja invisible que es tan fácil como tentadora de sobrepasar. En 1971, Philip Zimbardo, un profesor de Psicología de la Universidad de Stanford ideó un experimento que pretendió demostrar la volatilidad de la especie humana. Y hoy, 43 años después, veo cierta similitud entre lo que está ocurriendo en Europa con esto de la crisis impuesta por unos pocos y sufrida por muchos.

Zimbardo creó el experimento de la cárcel de Stanford que nació con la idea de ser una prueba de conducta y resistencia humana, terminó convirtiéndose en un perverso estudio que degeneró en crueldad y sumisión.

Las bases sobre las que se cimentó el estudio fue en torno a estas preguntas: ¿Qué sucede cuando se pone a personas buenas en un sitio malo? ¿La humanidad gana al mal, o el mal triunfa?

Para el estudio, el profesor buscó estudiantes que estuvieran dispuestos a participar en el experimento. Para ello publicó un anunció en la prensa en el que ofrecía una gratificación de 15 dólares diarios a aquellos estudiantes que quisieran formar parte de él. Se presentaron setenta aspirantes de varias poblaciones cercanas y que nada tenían que ver con la Universidad de Stanford. Se les realizó una serie de tets y finalmente se seleccionaron a 24, a los que se dividió en dos grupos de 9, quedando 6 como reservas: unos serían los policías y los otros debían ser los reclusos.

Todo comenzó el 14 de Agosto, día en el que agentes reales de policía detuvieron a los voluntarios al estudio que habían sido asignados para desempeñar el rol de delincuentes,  para que todo pareciese lo más real posible. Se personificaron en la casa de los “delincuentes”, los detuvieron al mismo tiempo que leyeron sus derechos antes de trasladarlos a comisaría donde se le ficharon, taparon los ojos y trasladaron en coche al sótano del edificio del Departamento de Psicología de la Universidad de Standford donde habían habilitado unas celdas y ambientado como si de una cárcel se tratase (ambiente que los detenidos desconocían). La falsa cárcel estaba custodiada por los 9 participantes del estudio asignados como carceleros, los cuales estaban totalmente uniformados y con gafas oscuras para ocultar sus miradas.

Hay que destacar, que estos “policías” habían sido asignados a este grupo tras pasar las entrevistas psicológicas, destacando por su conducta afable y tendencia pacifista, muchos de ellos adeptos al estilo hippie de los años 70. Los nuevos policías habían recibido instrucciones de cómo tenían que tratar a los “presos” y la autoridad que debían de ejercer sobre ellos: desnudarlos, burlarse de ellos, humillarlos… Las indicaciones de Zimbardo fueron claras: “podéis producir en los prisioneros que sientan aburrimiento, miedo hasta cierto punto, podéis crear una noción de arbitrariedad y de que su vida está totalmente controlada por nosotros, por el sistema, vosotros, yo, y de que no tendrán privacidad… Vamos a despojarles de su individualidad de varias formas. En general todo esto conduce a un sentimiento de impotencia. Es decir, en esta situación tendremos todo el poder y ellos no tendrán ninguno»

Por su parte, a los reclusos se les roció con un spray antiparásitos, se les cortó el pelo y se les vistió con sacos, desprovistos de ropa interior. También se les obligó a llevar como gorro una media de mujer y sus tobillos arrastraban una pesada cadena. Con todo esto querían acelerar el proceso de hacerlos sentir humillados y que verdaderamente eran presos.

Las celdas estaban equipadas con micrófonos y cámaras ocultas a través de las que espiaban y controlaban en todo momento lo que los encarcelados hacían o hablaban entre ellos.

El objetivo de Philip Zimbardo era demostrar que cualquier persona a la que se le da una serie de instrucciones y se le expone a una situación límite es capaz de traspasar la línea que separa el bien del mal.

Se necesitaron tan sólo dos días para que surgieran los primeros problemas y es que algunos de los participantes asignados como reclusos comenzaron a sublevarse quitándose los gorros y arrancándose los números identificativos que llevaban cosidos en el saco que utilizaban como vestido al sentirse humillados y vejados por el trato desproporcionado que estaban recibiendo por parte de los carceleros que conforme pasaban los días se iban tomando cada vez más en serio el papel asignado, llegando a olvidar que estaban en un simple experimento y que su labor era una simple representación,  llegando a practicar una auténtica y desproporcionada violencia psicológica: se incrementaron las actitudes sádicas y humillantes hacia los prisioneros, obligándoles a simular actos homosexuales entre ellos o a realizar ejercicios físicos a altas horas de la noche, cuando los carceleros pensaban que las cámaras no los estaban grabando; obligaron a los más rebeldes a dormir en el suelo, confinados en celdas especiales de aislamiento

A medida que los días pasaban, el ambiente se fue enfureciendo. Un grupo de “presos” organizó un motín que fue respondido por una represión contundente, aislando a los cabecillas de la sublevación y ofreciendo al resto pequeñas recompensas si obedecían a las autoridades y no se sumaban a la insumisión. El resultado fue la aparición de desórdenes emocionales agudos.

El experimento programado inicialmente para 2 semanas tuvo que suspenderse a los 6 días de ponerse en marcha. Christina Maslach, doctora de la Universidad de Stanford ajena al estudio, clausuró escandalizada el experimento tras acceder a la “cárcel de Stanford” para realizar entrevistas tanto a los “guardias” como a los “presos” y ver las condiciones que allí se estaban desarrollando.

Desde el comienzo del experimento,  50 profesionales observaban todo el estudio desde fuera y habían desarrollado inmunidad ante las imágenes y comportamientos que en el interior de la cárcel se estaba produciendo, que definieron como normal. Pero fue Maslach, ajena a todo desde los orígenes la que encendió las alarmas.

El experimento demostró parte de la condición humana, su naturaleza más tenebrosa y sombría a través del estudio de los roles, el papel de la autoridad, la obediencia, el sadismo y la sumisión. Y es que la esencia de la obediencia consiste en el hecho de que una persona se mira a sí misma como un instrumento que realiza los deseos de otra persona y por lo tanto no se considera a sí mismo responsable de sus actos. Una vez que esta transformación de la percepción personal ha ocurrido en el individuo, todas las características esenciales de la obediencia ocurren.

Y es que día tras día escuchamos, vemos y leemos noticias sobre la crisis, en la figura de políticos aclamados por un pueblo que parece rebaño que jalea intervenciones en las que pisan a países vecinos, o a compatriotas de otras comunidades, o a rivales políticos que  en realidad van de la mano. España va bien, España no es Grecia, hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, en la próxima legislatura crearemos 3 millones de empleos, nosotros no somos casta, ustedes son venezolanos, los de naranja y los de malva… La falsa autoridad hueca que mueve nuestros hilos como marionetas, simples muñecos de trapo que aceptamos con admirable sumisión lo que ladrones con traje, corbatas y ensayados discursos promocionados por la prensa comprada por intereses comunes en este experimento macroscópico que bien se podría titular “la cárcel de España” sobre la que podemos sublevarnos en las urnas

El propio Zimbardo analiza y saca conclusiones sobre su ¿fallido?, arriesgado y valioso experimento:

«Fue mi intento para determinar qué ocurre cuando pones a gente buena en un lugar malvado: ¿Triunfa la humanidad, o la fuerza de la situación puede acabar dominando hasta al más bueno de nosotros? Mis estudiantes de Stanford, Craig Haney y Curt Banks, y yo creamos un ambiente carcelario muy realista, una «mala cesta» en la que colocamos a 24 individuos voluntarios seleccionados entre estudiantes universitarios para un experimento de dos semanas. Les elegimos de entre 75 voluntarios que pasaron una batería de tests psicológicos. Tirando una moneda al aire, se decidía quién iba a hacer el papel de preso y quién el de guarda. Naturalmente, los prisioneros vivían allí día y noche, y los guardas hacían un turno de 8 horas. Al principio, no pasó nada, pero la segunda mañana los prisioneros se rebelaron, los guardas frenaron la rebelión y después crearon medidas contra los «prisioneros peligrosos». Desde ese momento, el abuso, la agresión, e incluso el placer sádico en humillar a los prisioneros se convirtió en una norma. A las 36 horas, un prisionero tuvo un colapso emocional y tuvo que ser liberado, y volvió a ocurrir a otros prisioneros en los siguientes cuatro días. Chicos buenos y normales se habían corrompido por el poder de su papel y por el soporte institucional para desempeñarlo que les diferenciaba de sus humildes prisioneros. Se probó que la «mala cesta» tenía un efecto tóxico en nuestras «manzanas sanas». Nuestro estudio de dos semanas tuvo que parar antes de tiempo después de sólo seis días porque cada vez estaba más fuera de control”

 

Web en castellano del experimento

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